El amor de los hombres
Los científicos amaban la luz. La veneraban por su misteriosa capacidad de transportarse tanto en forma de onda como de partícula, disfrutaban las virtudes de sus espectros, estudiaban noche y día las propiedades de su frecuencia y longitud, pero por sobre todo, los científicos proclamaban su amor eterno a la luz por su inigualable velocidad. “Nada se compara con la velocidad de la luz”, decían enamorados.
El año en que los científicos finalmente descifraron los misterios de la luz y superaron su velocidad, ocurrió algo singular: olvidaron instantáneamente su amor por la luz y la abandonaron para siempre. Entonces, comenzaron a amar profundamente a los misteriosos agujeros negros, y la luz se quedó muy triste y desilusionada.
