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A veces sólo sucede

Publicado el 4/07/06 en Cuentos

Tenia un ojo de vidrio. Lo limpiaba con paciencia, deslizándolo suavemente entre sus manos. Sentía su delicadeza, su fina porcelana. Sentado sobre la cama, acomodado en su casa de campo, aprovechaba su descanso semanal. La vida era buena, casi perfecta. Giraba el ojo para limpiarlo en su concavidad, lo hacia brillar.

En su iluminada superficie podía verse reflejado. Era un rostro de piel morena, de labios carnosos. Su nariz le hacia justicia, inspiraba armonía. Sus orejas, simétricamente alineadas, salidas apenas. Y ojo, sólo uno, el izquierdo. En el lado derecho, la ausencia.

En el lado derecho de su rostro había eso, ausencia, un espacio nerviosamente vacío que no se dejaba completar. Morbosamente acercaba sus manos y con un dedo sobrepasaba esa línea ya imaginaria entre su rostro y sus adentros. Donde alguna vez hubo una puerta al alma, quedaba sólo esa muralla de carne ensimismada, poblada de aire.

Tocaba los pliegues de su carne, los acariciaba delicadamente. Recorría sus hendiduras, las rozaba, presionaba sus carnes hacia adentro. Quería sentirse compenetrado con sus heridas, quería tocar el pasado con sus manos. Se supo en el epicentro de su historia.

La historia, como se la contaron, era simple. Volvían de un día de campo, tenia quince meses. Nadie estuvo atento cuando Cristian se arrastró hasta el arma. La bala volvió de arriba con menos fuerza, la justa para perforarle el ojo derecho, pero perdonar sus adentros.

Era tarde, oscurecía. La prótesis volvió a su lugar, pero Cristian seguía ahí, recostado en la cama, abatido en la cama. Pensaba en ese día. Pensaba en el arma, en que podía haber estado vacía. El arma podía haber estado en otra habitación, fuera de su alcance. Se le hacia un nudo en la garganta al pensarlo. Alguien podía haberlo cuidado, una sola persona hubiera bastado. Daba vueltas, se acongojaba en la cama. La bala podía seguir su camino, sin volver. Apretaba los dientes, se acurrucaba. ¿Por qué entonces, por qué a él? Le caían lágrimas, como de cántaros, a un sólo lado.

Se había quedado dormido. Esa noche hubo una tormenta. Una precaria casa, no lejos, se desmoronó. La habitaba, entre otros, un tal Cristian. Tenia quince meses.



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