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Al descubierto (Peladitos del mundo, ¡Unios!)

Publicado el 4/07/05 en Cuentos

Llevo casi 20 años trabajando en puestos no tan encumbrados de la fiscalia, pese a lo cual no he perdido el sentido del humor, ni algunas manías infantiles, como la de hoy por ejemplo, que consiste en colecionar calvos. Es decir que si me cruzo con un colega o un juez, o me acuerdo de algún acusado que ofrezca un espacio vacío en su cabellera, lo anoto en mi lista.

En cada perfil que ocupa mi registro mental, evito los datos intrascendentes para concentrarme casi exclusivamente en la clasificación del peladito. Así, el caso más común de los que se agregan a la lista es el que empieza con tímidas aperturas laterales, que otros seguramente insistirán en llamar “cochera”, y que sus poseedores negarán aceptar como parte de su iniciación. Lo esconden con nuevos peinados, lentes de sol sobre la cabeza, y autos deportivos tan descapotables como sus cabelleras, pero su ingreso a la lista es tan inevitable como el sueldo atrasado. Esta viene generalmente acompañada por la otra popular, pero no por eso menos original manera de iniciación, que es la que llamo remolino porque empieza justo ahí, en el corazón de sus cabezotas, para ir extendiéndose en círculos hacia afuera. A veces de una forma o de las dos, y como en Pacman, va comiendo lo que se le cruza por el camino, se abre paso raudamente como un juego de dominó en caida. Cuando finalmente acaba, por fuerza propia o con la colaboración del peluquero amigo, queda una resplandeciente cabeza como la del recién nacido.

Haciendo algo de tiempo entre un café y otro, y observando con más detenimiento a mi alrededor, hay que decir que, tras un venturoso comienzo, muchas peladas acaban por defraudar y se quedan a medio construir –o sea, destruir– admitiendo la companía de vestigios cabellisticos en la periferia. La mayoria agradece este generoso gesto con una actitud de peor-es-nada y lo conserva tal cual, pero así también hay quienes, renegando ese aerodinámico honor de quedarse calvos, aprovechan estos restos para alargarlos hasta cubrirse parte de la pelada, montando un espectaculo de ilusionismo que no convence ni al mas despistado.

Este observador despistado, casual y desinteresado, no ha de confundirse con el otro, el indeseado. A este, que pretende ganar unas risas tomandole –paradójicamente– el pelo al calvo, queda claro que no le resta la mas mínima misericordia divina. Cuenta el relato bíblico que en su subida al monte, el profeta Eliseo fue víctima de unos muchachos que acompañaban su caminata desde no muy lejos, con los aforados gritos de: “¡Sube Calvo, sube!”. Apenas acabaron de reir, la ira divina se cristalizó en unos osos que se los comieron, sin dejar de ellos nada más que (uno adivina): sus cabellos.

Como la historia parece no enseñar nada a las nuevas generaciones, apenas voy dejando la oficina siento unas risas de los ordenanzas mas jóvenes, y aunque dificilmente se les coman unos osos en las escaleras del poder judicial, a nadie deberia sorprender si el lunes, accidentalmente se les cae encima una maquina de escribir desde mi oficina por ejemplo. Y es que, ni mi nuevo peinado, ni los lentes de sol de sol sobre la cabeza pueden ocultar el remolino, la cochera, el PacMan que hace absolutamente inevitable mi entrada a mi propia lista maniática.

Calvos, tonsados, peladitos del mundo, ¡unios! Festejemos el honor de nuestras cabezotas descubiertas, juntos como hermanos con la frente en alto, orgullosos de nuestra maravillosa distinción… y es que, de todas formas, no nos queda otra.



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