
Se conocieron en el acuario. Ella, despistada, no encontraba la salida; él, olvidadizo, recorría los pasillos como buscando algo, ya olvidaba qué. Tenía unos ojos profundos, el instinto de una tigresa y una sonrisa tan hermosa como desafiante. Se movía con gracia, sin por eso presumir, era especial. Él miraba disimulado, la cortejaba en su imaginación, pasaba por enfrente indiferente, esperando el momento justo.
El encuentro fue inevitable, se amaron sin pudor. Estaban sólos en la pecera.

Era el medio del desierto y el seno del silencio. No se sabe cómo o cuándo habían perdido el habla, pero sus visitantes aseguran que el pueblo no expresaba palabra alguna, en sus calles se escuchaba sólo la seca brisa sobre la arena. No habían carteles, ni señales, mercados ni guerreros. Cabizbajos, austeros, sus habitantes caminaban a paso lento; bajo el sol hacian sólo lo necesario, hasta encerrarse de nuevo en sus cuevas. Y entonces, escribían. Interminable, apasionadamente, escribían largas cartas que luego escondían cuidadosamente en la antigua represa, para ser abiertas sólo en la posteridad. Todo lo que sentían, sus triunfos y miedos, amores y penas, lo que nunca habían podido decirse y aprisionaban en sus corazones, todo estaba escrito allí, sin compartirlo jamás.
Cuando los conquistadores irrumpieron en la ciudad, no dejaron nada a su paso, salvo la vieja represa. El viento y la arena se encargarían del resto: dos mil años después, aún vuelan cartas de amor por el desierto.