En la selva existió una vez un León genuinamente interesado en el bienestar de todos los demás animales. Tal era su afecto y respeto por ellos, que de muy joven aprendió a alimentarse exclusivamente de hojas y frutos del campo, y trás una seria reflexión apenas entrada su juventud, decidió dedicar su vida a enseñar a otros leones a respetar a los demás animales, y a ser fieles, honestos y cariñosos con sus parejas leonas.
Dada la profundidad de su mensaje y la fascinante capacidad oratoria del León, sus enseñanzas tuvieron tal efecto que el Gran Consejo de Leones acabó decidiendo, en forma unánime, establecerlas como ley absoluta entre los leones de la selva.
Ante esta sorprendente noticia, las oprimidas leonas y todos los animales del campo realizaron una gran fiesta, y con gran entusiasmo, entregaron al León el Premio Nobel de la Selva. No pasarían más de tres semanas hasta que las leonas abandonaran cruelmente a sus leones, ni otras dos más para que el resto de los animales del campo aprovecharan el dolor de los leones de la selva para devorarlos a todos.
Dedicado a mis padres
En la bodega de los sueños, a veces pasaba que el celador se quedaba aparentemente dormido. Como los peones habían trabajado el año todo en el viñedo, se sentían abrumados por la ansiedad de aprovechar este descuido y probar el fruto de sus manos. Así es como, año tras año, la gran mayoría de los peones se escurrían en la bodega para embriagarse con la más reciente cosecha, por lo que eran expulsados por el viñador de viñadores para siempre.
Consternados por la radical actitud del viñador y su minuciosa generosidad durante el año, no eran pocas las veces en que algunos capataces amotinaban a sus peones para saquear la bodega justificándose en la avaricia del viñador, por lo que también estos eran expulsados.
De esta forma, el tiempo fue depurando a los trabajadores del viñedo, hasta que sólo quedaron los más fieles siervos. Una noche, el celador fue ordenado congregar a todos los trabajadores frente a la bodega. Cuando el viñador de viñadores se presentó ante sus más fieles siervos, finalmente abrió la bodega, y con el más infinito amor del mundo, entregó a cada uno los más dulces sueños que había añejado especialmente para ellos.
Los científicos amaban la luz. La veneraban por su misteriosa capacidad de transportarse tanto en forma de onda como de partícula, disfrutaban las virtudes de sus espectros, estudiaban noche y día las propiedades de su frecuencia y longitud, pero por sobre todo, los científicos proclamaban su amor eterno a la luz por su inigualable velocidad. “Nada se compara con la velocidad de la luz”, decían enamorados.
El año en que los científicos finalmente descifraron los misterios de la luz y superaron su velocidad, ocurrió algo singular: olvidaron instantáneamente su amor por la luz y la abandonaron para siempre. Entonces, comenzaron a amar profundamente a los misteriosos agujeros negros, y la luz se quedó muy triste y desilusionada.
«Toma tiempo, nomás déjelo ser», le habían prometido. Todos los días, Leandro lo regaba pacientemente, dejando a sus lágrimas fluir entre las hojas. Con cada nueva aventura, las hojas se hacían muchas y más llenas de savia, el lomo se hacía fuerte, la tapa iba cogiendo su forma definitiva y la trama ganaba sentido.
El día en que Leandro murió, la promesa se cumplió: su libro de vida estaba listo.
El hombre más anciano del mundo, un paraguayo, falleció ayer a sus ciento doce años en su humilde vivienda de Ypacaraí. Nacido en 1895, don Saturnino Cabañas sobrevivió la Primera Guerra Mundial durante su estadía de estudios en París, la Segunda Guerra Mundial mientras trabajaba en Alemania, y a su vuelta, la represión del dictador Alfredo Stroessner. La policia confirmó que los asesinos del anciano se llevaron un viejo televisor.