“Voy a abrir mi propia peluquería” me dijo. Su voz delicada, los flecos y todos esos anillos me habían sugerido no conversar antes con Marti, mi peluquero. Pero cierto día se me ocurrió seguirle la conversación y me encontré con uno de esos hombres que son grandes en lo pequeño.
Quería poner la peluquería en el salón bajo su departamento. Era su sueño y venía juntando el dinero hacía mucho, le faltaban apenas cinco millones. Viajaba a todos lados en micro o con los amigos. “Iba a comprarme un auto, pero me lo guardé para invertir en los muebles”. Lo tenía todo planeado, eran sólo tres meses más de ahorro.
Pensaba en todo eso al visitarlo. Estaba inmóvil. Tres noches atrás, Marti y sus amigos habían terminado contra la cuneta, a ciento cuarenta. “Parece más lacio tu cabello, campeón. Vas a hacerme más fácil el trabajo así”, me dijo animado. Pero sus manos no podrían volver a sentirlo.
Fue un día de fiesta cuando el mercader llegó al pueblo. Con el grito de «¡Borradores! ¡llévese su borrador del pasado!» ofrecía el más moderno invento de Occidente. Primero la radio, después la cinta scotch y ahora esto; los gringos siempre nos sorprenden.
La primera en usarlo fue doña Celia. Tanto le insistía el almacenero con el pago, que se le ocurrió borrar los momentos en que pidió fiado. Ahora está sin deudas y, para su sorpresa, tiene diez kilos menos.
A Ruiz lo ponía de malas el perro del vecino, ese que ladra y ladra. Canjeó una yunta de bueyes por el borrador y ahora resulta que el vecino siempre tuvo de mascota a un canario.
Ya el caso de don Genaro fue más agudo. Desde que se compró el borrador, no salió de la casa. Dijo haber cometido demasiados errores. Se pasaba el día recordando y borrando, recordando y borrando. «¡Tanto por recordar!» le dijo a su nieto, poco antes de verlo desvanecerse.
Por días se mantuvo la alegría en el pueblo. La gente borraba y borraba el pasado, hasta quedarse libre de situaciones amargas y sus consecuencias. Pero así como el perro molestaba a don Ruiz, al herrero le molestaba el propio Ruiz, con lo que este también desapareció. Fue como que nunca existió. Eventualmente, alguien se encargaría de borrar igualmente a don Genaro, al herrero, a doña Celia, y por supuesto, al canario.
En menos de una semana, el pueblo quedó despoblado y vacío. Restó solamente el mercader, a salvo en su casa. Y es que su esposa, harta de tantos viajes, había borrado al inventor del borrador.