Tenía su propia manera de cruzar la calle. La idea era no parar, mantener la inercia del movimiento, cruzar la avenida como caminando por la vereda. Los automovilistas, que se aguanten. “El peatón es un ser superior” decia, en respuesta a las frenadas y bocinazos de los automovidiotas.
Tiempo después habría de comprarse un auto propio. En cada esquina al verlo venir los chicos corrían, los ejecutivos llegaban saltando hasta la vereda, y del apuro, a las abuelas se les desparramaba la baba sobre el pavimento. “Los peatontos tienen que aprender a respetarnos, las calles son de los automovilistas” decía, mordiendose un poquito los labios para no reirse.
Como todo en la vida termina donde había empezado, en su vejez le tocó volver a cruzar avenidas a pie. No pasarian más de dos días para que este peatonto se encuentre en la misma esquina con un automovidiota.
Posado en el balcón, agitaba sus álas y cantaba. Había que reconocer que era una hermosa melodía, y como lo hacía, y que milagro tenerlo en el departamento. Pero después de seis noches durmiendo poco y mal por el sonido, Lucas estaba harto. Probó de todo: espantarlo, ahuyentarlo, sobornarlo; no hubo caso. Por eso, la séptima noche fue la última. Abrió cuidadosamente la ventana y posó el rifle sobre la cama. Se agacho, apuntó entre sus álas y lo disparó. El Ángel murió instantáneamente.
Ella era de izquierda, él de derecha. Que la importancia del mercado, que el compromiso social, peleaban acalorádamente en público. Pero en las noches, se besaban a escondidas en callejones socialdemócratas.
“No hay camino hacia la paz, la paz es el camino” (Gandhi)
Un martes, Laura se sintió tan afligida por la nueva escalada de violencia en Asia Menor y los Balcanes, que convenció a sus veintidos compañeros de lanzarse a una Caminata por la Paz. Ese mismo domingo, caminaron pacíficamente sobre la vereda de la Avenida Mariscal López, tomados de las manos, portando un pasacalles que rezaba por la paz en Asia Menor y los Balcanes. La noticia trascendió de tal manera en la Universidad que, para sorpresa de Laura, el siguiente domingo ya fueron casi doscientos alumnos los que, al ritmo de batucadas y cánticos alegóricos, marcharon sobre la avenida Mariscal Lopez ante la atenta mirada policial, con pancartas que rezaban por la paz en Asia Menor y los Balcanes y la condonación de la deuda externa nacional. Los medios de comunicación hicieron tal eco de la marcha, que el siguiente domingo, Laura y sus compañeros se perdieron entre las más de cinco mil personas que se manifestaron sobre la Avenida Mariscal López, con pancartas que exigían la inmediata condonación de la deuda externa tercermundista, la legalización de matrimonios homosexuales, abogaban por el fin de la globalización, la instauración del anarquismo, el socialismo y el comunismo, y rezaban por la paz mundial, al tiempo que lanzaban piedras, palos y bombas molotov contra la barrera policial.
A la tía Dolores se le derramaban las palabras como de una palangana cuando tenía que hablar de su nuevo sobrino. Atento, correcto, responsable, nambré luego, un ejemplo para esta juventud de hoy que “está todo por su cabeza”, aseguraba. La tía Renata era menos efusiva, pero concordaba. Abuela Fernanda asentía, los tíos, los primos, tía Pocha deliraba, era un coro de parientes satisfechos. Fue un día de luto cuando, accidentalmente, enchufaron mal el sobrino eléctrico y se quemó.
De chico pude notar que, todo bodoque lanzado perpendicularmente hacia el otro lado del arroyo, cuando no acaba manchando las blancas murallas del –posteriormente enfurecido– vecino, termina simplemente perdiendo altura hasta dar aparatosamente contra el pasto. Entrada mi juventud pude apreciar, ya con mayor claridad, como un apasionado amor, romance de lunes a lunes, a la luz de las velas y ñoquis los domingos, puede perfectamente terminar con los ñoquis contra la pared, las velas en la payesera y un vacío existencial tamaño Gran Cañón del Colorado. Ya en plena etapa adulta, no fue dificil relacionar todo esto con el notable ascenso de mi novel empresa de electrodomésticos hasta su posterior quiebre y rápido esparcimiento de los escombros.
Sentado, meditando al borde del arroyo, ya con poco o nada por perder, uní las piezas del rompecabezas y todo resultó perfectamente claro. Tanto Newton como el panzón de Buda tenían razón. Todo lo que sube tiene que bajar. Y viceversa. Todo se equilibra, y lo hace con la misma intensidad. Tal es la seriedad con la que el universo se toma esta ley de mantener el equilibrio, que lo mejor es aprovecharlo. Desde entonces, he odiado intensamente a numerosas mujeres, he saboteado todos mis nuevos emprendimientos empresariales y disparado no pocos bodoques hacia el piso con gran entusiasmo. Para mi pesar, el equilibrio no se dió esta vez. El universo es chambón.