Lo había tenido todo. Fundó ciudades, construyó para sí palacios, decoró el país con su rostro. Multitudes alabaron su nombre. Algunos forzados, otros decididamente cómplices, miembros de esa cúpula intocable. Aplastó adversarios, torturó detractores, no tuvo misericordia. Había sido un rey y hasta en su caída salió airoso: el exilio lo supo cuidar.
Sentado en el zaguán, observando el atardecer, vió llegar el final. “Dios se apiade de mí”, dijo para sí el Tirano, sabiéndolo tan putamente difícil.
Había una vez un gato montés que tenía la cola al revés. Odiaba su refrán, renegaba su fama, lo enervaba que contaran su historia una y otra vez. Su amargura era tal, que resolvió un plan macabro: liquidar a todos quienes hayan acabado de leer su historia. Y esa es la historia del gato montés.
Luego de incontables meses de introspección, de observar mi mundo interior, estudiar los hábitos mentales y las características de mi personalidad; luego de desenterrar el pasado, perdonar a mis ancestros y reencontrarme con mi niño interior; luego de infatigables horas para descifrar mi destino, saber quien soy y que hago en este mundo, ayer llegué a un descubrimiento revelador. Soy un sacapuntas.
Sí, eso mismo. Pude haber tenido la vida de una elegante lapicera, ser un divertido marcador de colores o deshacer los errores como un borrador. Pero nada, che. De todos los elementos de la cartuchera, soy apenas un sacapuntas. Se imaginaran mi desazón.