
El partido se canceló, tuvieron que reembolsar las entradas, cambiar la programación en todos los canales de television del mundo, el de Sudáfrica fué el primer Mundial de fútbol sin una final. Y es que, ante la predicción del Pulpo Paul sobre la victoria española, los jugadores holandeses abandonaron la practica y tomaron indignados el vuelo a casa. “Una vez mas dejamos pasar la oportunidad de campeonar, no pudimos con España”, sostuvieron.
Las primeras predicciones del Pulpo ante la prensa habían sido tomadas como una divertida curiosidad pasajera, pero ahora su impecable racha de aciertos, que antes entusiasmaba a los fanáticos, empezó a afectar profundamente el deporte. Pronto otros equipos siguieron el ejemplo holandés perdiendo la motivación de jugar, los hinchas dejaron de asistir a las canchas y se acabaron los programas televisivos. “El Pulpo de mierda me dejó sin trabajo”, aseguraba un periodista.
En cierta forma el Pulpo simplificó el fútbol. En toda competencia importante se hacía el fixture, el sorteo de los grupos, los emparejamientos, y el Pulpo iba “jugando” los partidos, adivinando los ganadores uno a uno, hasta llegar a la gran final. Para el mundial de Brasil 2014 ya no contrataron técnicos ni llamaron jugadores, la emoción del fútbol quedó enteramente en las manos (tentáculos) de Paul. A los pocos minutos de “juego” por poco se desató la samba cuando Paul se acerco a la bandera verdeamarela, pero haciendo entonces una sorprendente gambeta, se volvió hacia la bandera italiana para finalmente abrazarla y comerse el mejillón del fondo.
Los administradores del acuario de Oberhausen insisten en que la posterior muerte de Paul nada tuvo que ver con el deporte, pero la bandera brasileña atorada en su esófago nos hace sospechar lo contrario. Sea como fuere, ni a la prensa ni a la gente le importó mucho, en el mundo se anunciaba una sola noticia: ¡Volvió el Fútbol!

Se conocieron en el acuario. Ella, despistada, no encontraba la salida; él, olvidadizo, recorría los pasillos como buscando algo, ya olvidaba qué. Tenía unos ojos profundos, el instinto de una tigresa y una sonrisa tan hermosa como desafiante. Se movía con gracia, sin por eso presumir, era especial. Él miraba disimulado, la cortejaba en su imaginación, pasaba por enfrente indiferente, esperando el momento justo.
El encuentro fue inevitable, se amaron sin pudor. Estaban sólos en la pecera.

Era el medio del desierto y el seno del silencio. No se sabe cómo o cuándo habían perdido el habla, pero sus visitantes aseguran que el pueblo no expresaba palabra alguna, en sus calles se escuchaba sólo la seca brisa sobre la arena. No habían carteles, ni señales, mercados ni guerreros. Cabizbajos, austeros, sus habitantes caminaban a paso lento; bajo el sol hacian sólo lo necesario, hasta encerrarse de nuevo en sus cuevas. Y entonces, escribían. Interminable, apasionadamente, escribían largas cartas que luego escondían cuidadosamente en la antigua represa, para ser abiertas sólo en la posteridad. Todo lo que sentían, sus triunfos y miedos, amores y penas, lo que nunca habían podido decirse y aprisionaban en sus corazones, todo estaba escrito allí, sin compartirlo jamás.
Cuando los conquistadores irrumpieron en la ciudad, no dejaron nada a su paso, salvo la vieja represa. El viento y la arena se encargarían del resto: dos mil años después, aún vuelan cartas de amor por el desierto.
Nos agotamos el uno al otro. Como páginas de un libro, ojeamos el índice, nos leimos apasionadamente en la introducción, y apenas atrapados en la trama, saltamos culpablemente al final. Qué más podía quedar, sino encontrarnos en los párrafos intermedios y abrazarnos en los márgenes, contentarnos con las pequeñas victorias de las frases ingeniosas o los días impares hasta que el polvo ocultara nuestra prisa.
Tristes, aburridos, guardamos el libro y dejamos una nota en la repisa: la novela no se gana, se conquista.
En la selva existió una vez un León genuinamente interesado en el bienestar de todos los demás animales. Tal era su afecto y respeto por ellos, que de muy joven aprendió a alimentarse exclusivamente de hojas y frutos del campo, y trás una seria reflexión apenas entrada su juventud, decidió dedicar su vida a enseñar a otros leones a respetar a los demás animales, y a ser fieles, honestos y cariñosos con sus parejas leonas.
Dada la profundidad de su mensaje y la fascinante capacidad oratoria del León, sus enseñanzas tuvieron tal efecto que el Gran Consejo de Leones acabó decidiendo, en forma unánime, establecerlas como ley absoluta entre los leones de la selva.
Ante esta sorprendente noticia, las oprimidas leonas y todos los animales del campo realizaron una gran fiesta, y con gran entusiasmo, entregaron al León el Premio Nobel de la Selva. No pasarían más de tres semanas hasta que las leonas abandonaran cruelmente a sus leones, ni otras dos más para que el resto de los animales del campo aprovecharan el dolor de los leones de la selva para devorarlos a todos.
Dedicado a mis padres
En la bodega de los sueños, a veces pasaba que el celador se quedaba aparentemente dormido. Como los peones habían trabajado el año todo en el viñedo, se sentían abrumados por la ansiedad de aprovechar este descuido y probar el fruto de sus manos. Así es como, año tras año, la gran mayoría de los peones se escurrían en la bodega para embriagarse con la más reciente cosecha, por lo que eran expulsados por el viñador de viñadores para siempre.
Consternados por la radical actitud del viñador y su minuciosa generosidad durante el año, no eran pocas las veces en que algunos capataces amotinaban a sus peones para saquear la bodega justificándose en la avaricia del viñador, por lo que también estos eran expulsados.
De esta forma, el tiempo fue depurando a los trabajadores del viñedo, hasta que sólo quedaron los más fieles siervos. Una noche, el celador fue ordenado congregar a todos los trabajadores frente a la bodega. Cuando el viñador de viñadores se presentó ante sus más fieles siervos, finalmente abrió la bodega, y con el más infinito amor del mundo, entregó a cada uno los más dulces sueños que había añejado especialmente para ellos.
Los científicos amaban la luz. La veneraban por su misteriosa capacidad de transportarse tanto en forma de onda como de partícula, disfrutaban las virtudes de sus espectros, estudiaban noche y día las propiedades de su frecuencia y longitud, pero por sobre todo, los científicos proclamaban su amor eterno a la luz por su inigualable velocidad. “Nada se compara con la velocidad de la luz”, decían enamorados.
El año en que los científicos finalmente descifraron los misterios de la luz y superaron su velocidad, ocurrió algo singular: olvidaron instantáneamente su amor por la luz y la abandonaron para siempre. Entonces, comenzaron a amar profundamente a los misteriosos agujeros negros, y la luz se quedó muy triste y desilusionada.
«Toma tiempo, nomás déjelo ser», le habían prometido. Todos los días, Leandro lo regaba pacientemente, dejando a sus lágrimas fluir entre las hojas. Con cada nueva aventura, las hojas se hacían muchas y más llenas de savia, el lomo se hacía fuerte, la tapa iba cogiendo su forma definitiva y la trama ganaba sentido.
El día en que Leandro murió, la promesa se cumplió: su libro de vida estaba listo.
El hombre más anciano del mundo, un paraguayo, falleció ayer a sus ciento doce años en su humilde vivienda de Ypacaraí. Nacido en 1895, don Saturnino Cabañas sobrevivió la Primera Guerra Mundial durante su estadía de estudios en París, la Segunda Guerra Mundial mientras trabajaba en Alemania, y a su vuelta, la represión del dictador Alfredo Stroessner. La policia confirmó que los asesinos del anciano se llevaron un viejo televisor.
Los físicos aseguran, en su teorema sobre el infinito, que un mono apretando teclas al azar durante una infinita cantidad de tiempo acabaría escribiendo, eventualmente, todos los textos posibles del mundo. El Decamerón, las obras completas de Shakespeare y la Biblia serían reescritas palabra por palabra, suponiendo un tiempo infinito, por el primate. Entretanto, las últimas noticias desde Moscú nos refieren que la justicia local está decidida a preparar un reporte que espera abarcar todos los crimenes de la era comunista. El reporte lo escribirá, necesariamente, un mono.
Tenía su propia manera de cruzar la calle. La idea era no parar, mantener la inercia del movimiento, cruzar la avenida como caminando por la vereda. Los automovilistas, que se aguanten. “El peatón es un ser superior” decia, en respuesta a las frenadas y bocinazos de los automovidiotas.
Tiempo después habría de comprarse un auto propio. En cada esquina al verlo venir los chicos corrían, los ejecutivos llegaban saltando hasta la vereda, y del apuro, a las abuelas se les desparramaba la baba sobre el pavimento. “Los peatontos tienen que aprender a respetarnos, las calles son de los automovilistas” decía, mordiendose un poquito los labios para no reirse.
Como todo en la vida termina donde había empezado, en su vejez le tocó volver a cruzar avenidas a pie. No pasarian más de dos días para que este peatonto se encuentre en la misma esquina con un automovidiota.
Posado en el balcón, agitaba sus álas y cantaba. Había que reconocer que era una hermosa melodía, y como lo hacía, y que milagro tenerlo en el departamento. Pero después de seis noches durmiendo poco y mal por el sonido, Lucas estaba harto. Probó de todo: espantarlo, ahuyentarlo, sobornarlo; no hubo caso. Por eso, la séptima noche fue la última. Abrió cuidadosamente la ventana y posó el rifle sobre la cama. Se agacho, apuntó entre sus álas y lo disparó. El Ángel murió instantáneamente.
Ella era de izquierda, él de derecha. Que la importancia del mercado, que el compromiso social, peleaban acalorádamente en público. Pero en las noches, se besaban a escondidas en callejones socialdemócratas.
A la tía Dolores se le derramaban las palabras como de una palangana cuando tenía que hablar de su nuevo sobrino. Atento, correcto, responsable, nambré luego, un ejemplo para esta juventud de hoy que “está todo por su cabeza”, aseguraba. La tía Renata era menos efusiva, pero concordaba. Abuela Fernanda asentía, los tíos, los primos, tía Pocha deliraba, era un coro de parientes satisfechos. Fue un día de luto cuando, accidentalmente, enchufaron mal el sobrino eléctrico y se quemó.
Lo había tenido todo. Fundó ciudades, construyó para sí palacios, decoró el país con su rostro. Multitudes alabaron su nombre. Algunos forzados, otros decididamente cómplices, miembros de esa cúpula intocable. Aplastó adversarios, torturó detractores, no tuvo misericordia. Había sido un rey y hasta en su caída salió airoso: el exilio lo supo cuidar.
Sentado en el zaguán, observando el atardecer, vió llegar el final. “Dios se apiade de mí”, dijo para sí el Tirano, sabiéndolo tan putamente difícil.
Había una vez un gato montés que tenía la cola al revés. Odiaba su refrán, renegaba su fama, lo enervaba que contaran su historia una y otra vez. Su amargura era tal, que resolvió un plan macabro: liquidar a todos quienes hayan acabado de leer su historia. Y esa es la historia del gato montés.
Luego de incontables meses de introspección, de observar mi mundo interior, estudiar los hábitos mentales y las características de mi personalidad; luego de desenterrar el pasado, perdonar a mis ancestros y reencontrarme con mi niño interior; luego de infatigables horas para descifrar mi destino, saber quien soy y que hago en este mundo, ayer llegué a un descubrimiento revelador. Soy un sacapuntas.
Sí, eso mismo. Pude haber tenido la vida de una elegante lapicera, ser un divertido marcador de colores o deshacer los errores como un borrador. Pero nada, che. De todos los elementos de la cartuchera, soy apenas un sacapuntas. Se imaginaran mi desazón.

Los escritores dejaron de inspirar, las mujeres dejaron de amar. Se olvidaron los premios y las menciones de honor, todo el esfuerzo de las enciclopedias. Se paralizaron las carreteras, los aeropuertos. Se apagaron las luces de la ciudad; se desvanecieron las estrellas, el sistema solar. Todo ese asunto del universo se había vuelto aburrido. Lo decidió apagar.
Era amable, atento, respetuoso. Se habia ganado rápidamente el cariño de la comunidad. “Es cada vez más fácil”, dijó para sí, mientras desenfundaba el arma.
Era un saco marrón. Tenia otras ropas, otros sacos, pero vestia siempre el mismo, nadie lo habia visto de otra forma. Una noche descubrieron al saco caminando sólo y comprendieron: no era él quien usaba al saco. El saco lo usaba a él.