
La distancia es hacer residencia en el recuerdo y una cita en el mañana. Sintiendo sin palparse, siempre tocando sin verse, es el ejercicio de la imaginación al servicio de un amor: o de su memoria.
A la distancia, las letras se hacen manos y pies y besos y abrazos, las palabras son el cuerpo que te envuelve en las noches, que te despierta en las mañanas, donde un te quiero es un te amo, y un te amo ya no alcanza. Siempre caminando sobre el agua, es la absoluta necesidad de cultivar el beneficio de la duda, de sacar el pecho y tragarse el alma; lo pequeño se hace grande y lo grande se hace carretera: hacia el reencuentro o el olvido.
Por ahí una canción que silva mi esperanza: la de recordar que se olvida… y olvidar que se recuerda.
Creer es abrirse paso en el bosque, a machetazos despejar las madreselvas del desatino y la indiferencia. Es caminar sobre el agua del escepticismo, saltar sobre la arenas de la desilusión. Creer es elegir seguir adelante, a pesar de todo, conservando un nido, ese espacio perfectamente vacío donde la realidad pueda enraizar un sueño. No se reduce a imaginar, creer es querer algo con la suficiente determinación como para cristalizarlo en algo real. Hay que sembrar para cosechar.
Creer es de cuerdos y sin embargo tiene mucho de locura: quien cree, escucha en el silencio, ve en la oscuridad. Por eso nos hace trascender, es el ejercicio de lo ilógico, para creer hay que recurrir al espiritu, a la esencia misma del ser.
Por eso creo, para estar vivo. Creo en el Creador, ese que por alguna razón creyó en mi y me creó. Si lo hizo sin pedir nada a cambio, tuvo que haberlo hecho por amor. Y si el amor me creó, también creere en él, y creeré en vos mi amor, que un día leeras esto sabiendo que te creí como nadie… sabiendo que te creí hasta encontrarte.

Siempre que compro zapatos nuevos, pasa lo mismo. Molestan, aprietan, lastiman. Pero a medida que los voy usando, se van abriendo, se pone mas fácil usarlos.
Así funciona el zapato por meses, es el zapato perfecto. Parece que no lo voy a cambiar nunca, nadie puede contra él, somos el zapato y yo.
Y sin embargo. Sin embargo el tiempo pasa y los zapatos empiezan a desgastarse, el betún ya no alcanza para salvarlo, la suela se va abriendo, se va deshaciendo por dentro y fuera. Hay que comprar zapatos nuevos.
Siempre que compro zapatos nuevos, pasa lo mismo. Molestan, aprietan, lastiman…

Falta algo grande, inmenso. Hay un espacio vacío en cada conversación, en cada actividad, siempre y todos los días; como si faltara el azúcar en la bebida, una rueda en el auto, la cereza en la torta.
Le falta el mango a la sartén, eso es. Entonces tenemos una comida perfectamente preparada, pero la terrible imposibilidad de disfrutarla. ¿Cómo pasar la comida (perfectamente preparada) desde la sartén hasta nuestros adentros? No se puede.
Pero apenas solucionamos esto, el tráfico, las calles de siempre, cualquier hoja de árbol, adquieren la notable capacidad de transformarse en vicarios de la belleza de la vida. De repente las cosas se hacen más importantes, hay planes. La cosa encaja como tuerca en maquinaria y rebobinamos para encontrarnos con la sorpresa de que la bebida ya tiene azucar, el auto recobró la rueda y la torta está empapada en cereza. El mundo se hace intrascendentemente perfecto en el momento justo en que vos aparecés.

Como el otoño, como una poda, a veces hay que morir un poco para volver a vivir. Para despertarse del letargo de la insignificancia rutinaria, para romper con todo lo que no funciona y encontrar, al fin encontrar, la tuerca que faltaba.
A veces hay que estar equivocado, fallar, una vez tras otra, hay que sentirse un fracasado, recibir insultos y ser burlado, hay que. Nuestra imagen tiene que quebrarse.
Sólo así, sólo entonces, se crea un espacio para algo nuevo. Hay que perderse para encontrarse.